Una vida invisible

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La discapacidad, palabra común y ajena para quienes físicamente sienten que nada les falta. Pero para las personas que han perdido un miembro de su cuerpo, o han visto afectado seriamente uno de sus sentidos, la palabra ”discapacitado” adquiere otras connotaciones.

Es una expresión que sienten ofensiva, como si la ausencia de algo en su cuerpo o en su psique los convirtiera en faltos de capacidad. Lo cierto es que así nacieron, así crecieron y también así, se hicieron más fuertes y desarrollaron otras habilidades.

Es el caso de Rosi que tiene 60 años. Suele levantarse a las 6:00 am para ir a trabajar. Desayuna su quaker con quinua y cruza el infernal óvalo Bolognesi casi todos los días hacia el policlínico Chincha. Viste uniforme celeste de enfermera y peina su rojo cabello frente al espejo de su baño, aunque nunca verá su propio reflejo.

Tenía 33 años cuando no solo perdió a su esposo, sin también la vista. Trujillana de nacimiento, aquel año viajó hacia Chimbote y fue ahí cuando el choque de su ómnibus le generó un traumatismo encéfalo craneano. Con dos hijos bajo el brazo, a los que ya no podía ver, decidió respirar hondo y seguir. Por ellos.

“En ese momento pensé que no iba a servir para nada”, menciona Rosi. La enfermera invidente demostró día a día que seguía siendo útil para su trabajo. Retuvo su labor y siguió caminando sin ver el camino.

“Nosotros como personas con discapacidad, sí podemos. Como profesional quería demostrar que soy tan igual a la par que mis otras colegas”.

Rosi inyecta a la perfección, no necesita ver las venas -basta con escucharlas-, da charlas preventivas y fue presidenta de la Unión de Ciegos del Perú durante el 2015. Es una mujer plenamente independiente.

Las otras barreras

La gran mayoría de los invidente no se siente limitada. De alguna manera son otras las barreras las que se encargan colocar los muros.

Richard (39), perdió la vista a los cuatro años por haberse lavado la cabeza con un detergente. En su natal Paramonga existían solo un par personas ciegas y en Barranca sumaban alrededor de ocho. Ellos mismos tuvieron que construir su propio colegio en el espacio libre de otra institución porque nadie quería recibirlos.

“Nosotros no sabíamos que eran los grados en el colegio” dice Richard, refiriéndose a que todos, sin importar la edad estaban en un mismo salón con una profesora no especializada, donde aprendían lo básico como sumar, restar y dividir.

“Yo dejé de ir al colegio, al inicio era una distracción, pero cuando fui creciendo me di cuenta de que no hacíamos nada”.

Viajó a Lima y esperó a cumplir 18 para aprender historia, más matemáticas y sobre todo a buscar espacios de rehabilitación buscando ser más independiente.

Los invidentes no necesitan ser sobreprotegidos, pueden encontrar -de existir- sus propios espacios para ser capacitados y poder realizar múltiples actividades y trabajos sin depender de nadie. Rosy sube y baja nueve pisos sin ayuda a veces ni de su bastón, mientras que Richard construía sus propias jaulas usando todo tipo de herramientas para sus animales cuando era un adolescente.

Ser ciego en el Perú no es sinónimo de ser discapacitado, es sinónimo de no tener las oportunidades que realmente merece una población largamente abandonada.

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